Kery Ruiz

Recordando lo que no pudo ser

Hoy está lloviendo. Y miro la lluvia caer y te recuerdo insistentemente. No parece existir nada que aleje mi pensamiento de tu nombre, de tu rostro, de tu voz y de tu olor. La tierra mojada en mi jardín se fundía en la memoria de aquellos campos de la universidad, donde entre juegos buscaba recorrer su piel.

Dos jóvenes que exploraban sus almas con pueril candor, esperando encontrar, entre los sueños, un poco de amor. Atrapados una y otra vez en una tormenta perfecta en la que ella decía una cosa y el respondía otra, queriendo quedar atrapados en medio de cada conversación.

Yo sigo ahí, pegado en la ventana. No me alejo de ella porque podría significar que los recuerdos se esfumen con cada paso que de. Ahí estoy. Quieto. Sintiendo tantas emociones a la vez; recordando lo que se siente estar vivo. Realmente Vivo.

El aire fresco entra y, sin embargo, un leve calor me recorre las venas. Sonrío. Y una vez más fijo mi mirada en el césped mientras recuerdo como recostaba mi cabeza en su vientre y la llamaba “amor mío” sin emitir el más mínimo sonido. Solo la miraba, esperando que ella entendiera lo que mis ojos trataban de confesarle una y otra vez.

Aquella declaración siempre quedó presa dentro de la garganta. Una y otra vez intenté liberarla pero la llave estaba perdida. Y todos mis miedos eran una espesa bruma que no me dejaba ver dónde se encontraba.

La veía, suspiraba, le decía todos los días lo bonita que era. Porque lo era. Sonreía y sus ojos se hacían chiquitos y te miraba con un candor que podía hacerte olvidar cualquier cosa mala que estuviera pasando. Todo excepto una cosa: su partida.

Una tarde de abril ella no llegó a nuestra habitual cita. Alguien la había llevado a no sé qué lugar. Pensé que sería cosa de una ocasión, pero no fue así. Los días pasaron y yo continuaba yendo a nuestro pedazo de jardín a esperarla. Trate de negarlo, pero era más que evidente: no iba a volver.

Así me fui yo también, con el final de la temporada de lluvias, justo antes de que los árboles comenzaran a perder sus hojas. Nunca más nos vimos de nuevo.

Ha dejado de llover ya. El sol intenta salir de nuevo de entre las nubes que quedan en el cielo. Y así, como el astro de fuego, salgo yo, con la firme intención de encontrarla, deseando saldar una deuda pendiente.

Hasta que ese día llegue, estaré mirando la lluvia caer desde mi ventana, pensando en todo lo que no ha podido ser.


Si me gustara alguien

En el hipotético caso de que me gustara alguien, me encantaría comprarle detalles, viajar con ella y dedicarle palabras bonitas. Pero siempre por escrito. Habladas quedan mal. O a mí me lo parece.
Le escribiría algo así:

Me gustas.
Y me gusta que me gustes.
Si intento que no me gustes, me gustas más. No sé si es represión en estado puro, o desatada libertad sentimental. Me resulta imposible sujetarme. 
Me gustas los miércoles y también los jueves.  Me gustas cuando me gustas y cuando no. Me gusta mirarte cuando no sabes que te miro. Admirar un pliegue de tu blusa o tu mirada desorientada en la pantalla de la lap. Me gusta recapitularte: tu voz, tu forma de andar, tu piel y tu olor fresco y hormonalmente tentador. En palabras de Rocío Dúrcal, me gustas mucho tú, y me horroriza no poder decírtelo y eso… me gusta también.
Me gusta ver que estás conectada en el whatsapp, que escuchas música, que sonríes. Me gusta tu boca que me muero por besar. Me gusta tenerte cerca y me encantaría que fuera hasta traspasarnos. Me gusta tu pelo, tan tuyo, tan para mí. Me gusta pasar un buen rato riéndonos de la misma tontería, y volver a ella una y otra vez. Me gustas en noviembre, que es muy seco y frío. Me gustas con prisa y con calma, fuerte y flojo; me gustas todo el rato.
Me gustas bastante, me gustas un kilómetro, una hectárea, una tonelada, un montón. Me gustas demasiado, y me apena saber que nunca te lo diré. Me gustas por la mañana, y cuando llueve, y cuando voy por la línea 2 de metro. Carajo, me gustas y nunca me atreveré a decírtelo.

Algo así escribiría… Si me gustara alguien, claro


Loca

Estás loca.

En verdad, lo siento pero lo estás. Quién si no una loca podría combinar de manera tan especial la valentía con la inocencia. Solamente una loca sería capaz de ser tan fuerte para defender lo que ella cree que es correcto, envolviendo la ternura y fragilidad que lleva dentro. Una loca, inteligente, capaz y decidida. Hermosa. Divertida. Amante y sexual. Eres una loca porque en este planeta quedan tan pocas mujeres como tú, que algún calificativo tenían que darle los hombres que no pueden estar con ellas. O peor aún, los que pudieron y no lograron ver todo lo que tu locura guardaba.


Cada inicio de Noviembre

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Y la soñó una vez más, fue inevitable, porque es demasiado larga la vida ahora que se ha marchado. Imagina todo lo que no será. Crea con pedazos de recuerdo las sombras que dibujaría su silueta…

Tan solo se ha cruzado por su camino un par de veces y, sin embargo, quedó clavada permanentemente en su alma. ¿Por qué fue precisamente ella? Ni siquiera él lo entiende. Solo sabe que lo hace deambular  entre las paredes de su propia miente, cada noche, trazando siluetas en la oscuridad. Tan vívidas. Tan dulces. Tan… ¡reales!

¿Tocarla? Ya quisiera el pobre diablo. La brecha entre ambos se reduce a un tímido beso en la mejilla, alguna noche fría de Octubre. Y es difícil saber si fue él quien la beso o los 25 vasos de Bourbon que bebió esa velada. Fuera de eso, es imposible que vuelva a verla. Nunca más podrá intentar descifrar lo que habitaba detrás de ese par de ojos negros.  

Por eso, muere un poco durante el día, pero su corazón arde intensamente durante la noche, cuando logra estar con ella. Al menos en sus sueños, donde cada inicio de noviembre pueden encontrarse.


De ilusiones, necedad y destino

Y ahí estaba yo, parado en medio de un jardín, rodeado de desconocidos salvo un par de caras familiares. Una, la que más familiar me era, parecía totalmente inalcanzable…

Vamos un tiempo atrás. Cuando ella y yo estábamos a miles de kilómetros de distancia. Cuando mi teléfono era capaz de sacarme una sonrisa varias veces al día. imaginándola, sinceramente, en todas sus formas; cubierta, descubierta, frágil, neurótica, un huracán y una marea tranquila.

Escribí sobre ella. Mucho más, tal vez, de lo que yo creí que escribiría. Los días pasaban eternos y las noches las sanaba perdido entre hojas virtuales y el golpeteo del teclado. Un trago de ron entre párrafos y una bocanada de tabaco para organizar las ideas. Todas revoloteaban en mi cabeza, como peleando unas con otras para llegar a ser plasmadas.

También había un viaje. La promesa de batallas piel contra piel, de deseo, sudor y sexo, sin posibilidad de tregua. Al final, ninguno llegó a la cita. Pasó lo que sucede con todas esas citas que planeas hacia un futuro no muy cercano: la vida misma.

La metí, sin darme cuenta, muy dentro de mi piel. Hipnotizado con aire, con palabras y con mi propia imaginación. Fue lo que hubo. Ridículo.

Pero me puse valiente y reclamé la injusticia de tal distancia. Y, cayendo en lo retador, el destino me dio la oportunidad de verla. Probablemente se reía de mí, pues sabía lo que pasaría cuando me pusiera frente a ella.

Viajé kilómetros, esperé tanto. Repasé una y mil veces todos los escenarios posibles, tratando de tener la respuesta correcta a lo que fuera que tuviera que enfrentar.

Llegaba el momento y, para poner un poco más de tensión en mi ambiente, nada salió bien. Todo comenzaba a interponerse en mi camino hacia donde ella estaba. Estuve a punto de tirar la toalla para irme a dormir y no saber más del tema.

En mi peor momento de jotería decidí que debía ir. Vamos, que ya estaba muy cerca, carajo. No era la ocasión para acobardarme. Y fui…

Y ahí estaba yo, parado en medio de un jardín, rodeado de desconocidos salvo un par de caras familiares. Una, la que más familiar me era, parecía totalmente inalcanzable.

Se movía de un lado al otro con tanta gracia. Un guiño de sus ojos y detenía el aliento de más de un invitado. El mío también, obviamente. Era como una mariposa, pero no se dejaba atrapar. Claro, que con los pies de piedra que tuve, tampoco fui muy hábil en la cacería.

Era momento de irme, de aceptar la derrota. Y de la nada, la mariposa se convirtió en estruendo. Le bastaron cinco palabras para desarmarme. Tras escucharlas, no tuve respuesta, nunca me habían azotado de forma tan sencilla; ella voló, de nuevo como mariposa.

Me quedé de nuevo. En realidad sus palabras no representaban una nueva oportunidad. Todo lo contrario. 

Ahí pasé las siguientes horas. Tratando de recuperar la compostura. Hablando como alguien más. Bebiéndome la pena. Perdido. Se acabó el juego, muchacho. Fue una buena lucha, pero no siempre se puede ganar.

El destino, por supuesto, no ha parado de reír desde entonces.