Kery Ruiz

Once contra once…

Fue un partido vibrante, bonito, en momentos, cardiaco. Así fue la semifinal de México contra Alemania.

Existe un dicho futbolero que dice así: En el fútbol son once contra once, pero siempre gana Alemania.

Le sumamos el hecho de que un equipo tricolor nunca había sido capaz de dejar a los teutones lamentando una derrota, en ninguna competencia.

Esta nueva generación tenía todo un peso histórico a cuestas, la historia contra Alemania, la historia en Perú 2005, la historia que los tenía en una delgada línea entre los próximos niños héroes o la de la mediocridad del fútbol mexicano.

Han tenido un torneo deslumbrante, el partido definitivamente era entre los dos mejores equipos del certamen. La gloria de llegar a una final de Copa del Mundo en el Estadio Azteca, se encontraba a 90 minutos de distancia y, claro, el camino ponía a un equipo alemán que no dejó de derrochar talento.

El resultado ya es por todos conocido, 3-2 en favor de los mexicanos, esta nota no es un análisis del partido. No. Esta nota es más particular, a la capacidad, al talento, a la mentalidad que este equipo nos ha mostrado.

El destino nos hizo sufrir y ser derrotados por los germanos en Alemania 2005 y en Francia 98. Nos hizo ilusionarnos por momentos, para después, ver como una vez más nuestra selección era derrotada.

Ese mismo destino, irónico, burlón y sínico, colocó, una vez más, a un jugador vendado en un partido de Alemania en México, desafortunadamente para los germanos, ahora, estaba con los locales.

Así como Beckenbauer jugó los últimos minutos de la final de México 70, ahora Julio Gómez hizo lo mismo. Tras un duro, durísimo choque con un defensa alemán, el juvenil verde salió del campo con una herida que parecía ser la evidencia de una guerra que sucedía dentro del terreno de juego.

Una guerra que necesitaba definirse en favor de alguno de los rivales, una guerra que buscaba un héroe, de esos que recordamos en los libros de historia.

Con venda, con dolor, con cansancio, con mucho sudor, Julio se elevó en el último minuto del tiempo reglamentario y majestuoso, en el aire, remató contundentemente frente al marco que defendían 11 alemanes. Soberbio gol de chilena que nos dio el triunfo.

Además de la belleza y técnica que tuvo este gol, tuvo mucho más implícito en él. Tuvo la carta de libertad al grito ahogado de “gol” que los mexicanos teníamos en momentos así. Tuvo las agallas para sobreponerse al marcador. Tuvo el coraje para no rendirse en ningún momento. Tuvo la valentía de jugar sin importar el dolor físico. Tuvo la tinta para escribir nueva historia en nuestro fútbol.

Todo eso en un gol, un jugador, un representante del trabajo de 23 jugadores, un entrenador, auxiliares, médicos; de los cuales, se tenía cierto nivel de duda al principio del torneo.

En la cancha once contra once, siempre gana Alemania; pero México, no cabe dentro de esta frase.